El dolor de recordar: La Guaira tras la devastación de los terremotos
Cambio Global


Recuerdos de una infancia feliz
Aunque mi vida se desarrolló principalmente en Caracas, La Guaira siempre ocupó un lugar especial en mi corazón. Recuerdo con nostalgia aquellos sábados en que mi madre me despertaba con la promesa de un día en la casa de mi abuela. Para mí, ese destino era sinónimo de alegría, familia y las celebraciones navideñas que solíamos compartir allí.
Con el paso del tiempo, mi relación con La Guaira evolucionó. Durante la adolescencia, mis visitas se transformaron en escapadas con amigos, buscando la manera de descender desde el valle hasta la playa. Aquellos viajes, llenos de risas y aventuras, se convirtieron en memorias imborrables, incluso cuando regresaba a casa con el rostro bronceado y la mirada cómplice de mi madre, que ya conocía la respuesta a sus preguntas.
La dura realidad tras el regreso
Tras dejar el país, La Guaira continuó presente en mi vida a través del aeropuerto de Maiquetía, el primer lugar que visito al regresar a Venezuela. Sin embargo, el contraste entre la imagen que guardaba y la devastación actual es abrumador. La ciudad que conocí ha sido transformada por la fuerza de dos terremotos que, en cuestión de segundos, arrasaron con su esencia. La magnitud de la destrucción es impactante, y las cifras de víctimas y desaparecidos continúan aumentando, con informes que hablan de miles de personas aún sin localizar.
La Guaira, que alguna vez fue un refugio de alegría y calor familiar, se ha convertido en un símbolo del sufrimiento colectivo. Ver cómo los recuerdos de mi infancia se desvanecen entre escombros es un recordatorio doloroso de la fragilidad de la vida y de cómo los desastres pueden cambiarlo todo en un instante.

