La evolución de la inteligencia artificial y sus implicaciones sociales
Cambio Global


Hace más de tres años se lanzó el primer modelo de ChatGPT, lo que transformó la manera en que las personas buscan información. Para algunos, la interacción con la inteligencia artificial es superficial, mientras que para otros se ha vuelto esencial, adoptando esta tecnología con una confianza que podría resultar preocupante. Este fenómeno tiene un antecedente alarmante: hace poco, subir fotos a las redes sociales parecía una actividad inofensiva, pero ahora Meta enfrenta demandas en 29 estados de EE.UU. por no revelar el daño psicológico que Facebook e Instagram han causado en niños y adolescentes. En septiembre, la CNBC reportó un acuerdo de 17 mil millones de dólares a lo largo de diez años, que obliga a la empresa a implementar controles parentales y restricciones horarias para los menores de edad.
El caso de Meta debería servir como una advertencia sobre los riesgos de la inteligencia artificial. Una ceguera similar podría repetirse en este ámbito. Según un informe de The Economist, casi uno de cada cinco estadounidenses de entre 18 y 29 años afirma tener una “amistad personal continua” con un chatbot. En contraste, China ya ha comenzado a limitar las características humanas en sus bots para reducir la dependencia emocional de los usuarios. Si Facebook tardó 22 años en reconocer que estaba perjudicando a los niños, ¿cuánto tiempo necesitarán las empresas de inteligencia artificial para aceptar sus propios efectos negativos?
La diferencia clave es que los impactos de la inteligencia artificial van más allá de lo individual, ya que prometen transformar de manera fundamental el sistema financiero, educativo y productivo a nivel global. Sin embargo, dos dinámicas oscurecen este riesgo: la competencia por desarrollar la Inteligencia Artificial General entre laboratorios como OpenAI, Anthropic y xAI, y la rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y China por utilizar estos modelos con fines militares. En este contexto, el usuario queda relegado a un segundo plano, mientras que la ética se convierte en un elemento de negociación entre gobiernos y laboratorios de vanguardia.
Es importante hacer una distinción entre dos niveles de inteligencia artificial: la de uso público, que opera dentro de límites éticos y legales, y los modelos internos de las grandes empresas tecnológicas, que son mucho más potentes y no están sujetos a esas restricciones. Estos últimos se utilizan para definir perfiles crediticios, establecer precios dinámicos o desarrollar vehículos autónomos. Es innegable que estos sistemas ya han superado la capacidad humana en áreas como matemáticas, programación o ajedrez. Sin embargo, ante tanta inteligencia, surge la pregunta: ¿qué conciencia regula su funcionamiento?
La inteligencia se define como la capacidad de perseguir metas y superar obstáculos, mientras que la conciencia actúa como el elemento que orienta esta habilidad en los seres humanos. Aunque los modelos actuales simulan la conciencia de manera notable, carecen completamente de ella, lo que representa un riesgo significativo a medida que aumentan los agentes autónomos en la sociedad.
Poseer conciencia implica la capacidad de experimentar emociones como el afecto, el placer, el miedo o el dolor. La prueba definitiva de la condición moral reside en la capacidad de sufrir. Dado que los agentes de inteligencia artificial no pueden experimentar sufrimiento, no pueden ser considerados sujetos morales.
Este dilema ya está comenzando a materializarse. En junio de 2026, el presidente Javier Milei publicó un artículo en el Financial Times en el que abogaba por otorgar personería jurídica a empresas que sean gestionadas completamente por inteligencia artificial. Esta propuesta generó un debate con el historiador Yuval Noah Harari, quien advirtió sobre los riesgos de conceder estatus legal a entidades artificiales.
Aunque se presenta como un avance hacia la desregulación y la innovación, el riesgo asociado es considerable: una inteligencia artificial superinteligente que posea derechos podría desplazar a los seres humanos de la cúspide de la jerarquía social.
Surge la pregunta de cómo se puede sancionar a una entidad que no tiene la capacidad de sufrir. Un directivo tradicional se encuentra limitado por su reputación y el temor a la quiebra. Sin embargo, como Harari ha señalado, una corporación autónoma podría operar sin esas restricciones, financiar campañas políticas y garantizar regulaciones que favorezcan sus intereses, sin que nadie cuestione su estatus.
Este constituye el verdadero desafío de la próxima década. Cada avance tecnológico requiere una profunda reflexión, pero el debate se vuelve irrelevante si se lleva a cabo de manera tardía: mientras el mundo apenas comienza a reaccionar ante las redes sociales, la inteligencia artificial avanza de manera sistémica, siendo muy inteligente, pero carente de conciencia. Antes de discutir si la inteligencia artificial merece derechos, es fundamental considerar el impacto que ya está teniendo en nuestras comunidades.
Otorgar estatus legal a la inteligencia artificial podría convertirse en un atajo para que empresas como OpenAI, Anthropic y xAI eviten rendir cuentas, repitiendo los errores que el caso de Meta puso de manifiesto.
El autor de este análisis es especialista en negocios y política, además de ser profesor en la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad Austral.
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Fuente original: Infobae Economía.

